De pronto sentí que me hablaba en el oído, su cara no la reconocí, tampoco el brillo de sus ojos nuevos.
La huella de nuestra historia estaba en su voz, en el olor maduro y familiar de sus palabras, en su textura entrañable y fraternal.
Entonces comencé a recordar, porque eso sucede cuando la memoria vuelve a pasar por el corazón.

A Miguel por su compañía (www.lacoctelera.com/lmrodriguez)
Y a Eduardo Galeano por enseñarme a recordar.