En el metro todos somos anónimos, es la naturaleza propia del medio de transporte.

En el metro todos somos anónimos hasta que dos miradas se cruzan distraídas… y se esquivan. Un roce involuntario de las piernas. Las mudas disculpas para volver a mirarse.

En el metro todos somos anónimos hasta que explota la imaginación sudorosa, el deseo de lo prohibido, el descaro de apropiarse de lo desconocido.

Entonces él o ella se bajan en alguna de las estaciones idénticas y las historias silenciosas se desvanecen en la humedad imperceptible de los labios.

En el metro todos somos anónimos, sólo parte del imaginario colectivo.

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