Mila es hilandera y sanadora, tiene oficio en tejer historias y talento en curar el alma. Sus agujas son los naipes, su remedio la palabra.
Ella toma el mazo entre sus manos y por un segundo todo se vuelve profundamente calmo.
Revuelve las cartas como bailando y en el ritmo que les imprime las va llenando de preguntas.
Cuando se pone a leer, la persona al frente se le vuelve transparente, y aparecen las heridas abiertas, las cicatrizadas, las infectadas.
Las imágenes esparcidas en la mesa van escribiendo mandalas y versos, maldiciones y garabatos, sueños y frustraciones.
Transparentes se hacen también las cosas, las paredes y puede ver entonces los hilos invisibles que unen todo, puede ver desde dónde está atrapada la hebra, dónde se ha hecho un nudo, dónde quedó cosido y dónde han explotado las costuras.
Y así, como limpiando una madeja llena de espigas, Mila empieza a hablar y los hilos se van llenando de colores a medida que toca, que ordena, que entreteje, y corta y anuda y forma.
Con maestría hace aparecer la textura y la conciencia para que la persona pueda volver al mundo remendada y generosa.
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Imagen de Anna Posillipo