Girando sobre su eje, el inmenso y solitario minutero iba marcando el pulso del tiempo urbano. Desde la ventana de su departamento central, ella vio que eran las ocho en punto. Estaba atrasada.
El minutero amarillo avanzó rápidamente hasta las once. Otra rotación y eran las dos. Así pasó la tarde.
La monumental grúa amarilla giró pesada sobre su eje. La ciudad había cambiado, crecía hacia arriba y ella quedaba abajo. Hiciera el esfuerzo que hiciera, en cada esquina el tiempo se iba marcando en el cielo con un amarillo indeleble.
Sus pensamientos escribieron en el silencio –Aquí, la hora vuela a destiempo-.