Baldomero se despertó calmado, como a las nueve.
Era tarde para tomar la micro, tarde para llegar al trabajo, tarde para marcar tarjeta.
Se lavó bien, profundamente, el agua fue deslizándose en cámara lenta, deteniéndose en los pliegues, sin apuro.

Era extraño en él, porque no despertó sobresaltado, no pudo salir corriendo, agitado y eso le gustó.

Preparó café con leche y pan con paté. Nunca alcanzaba a desayunar y era uno de los ritos que más le gustaba. Mascó veinticuatro veces cada vez y bebió de sorbos largos.

Después limpió la guitarra cuidadosamente, afinó sus cuerdas y se sintió satisfecho del sonido. Sabía que era vieja y no podía exigirle más.
Se había cansado de esperar tener plata, tener tiempo, tener el apoyo, había despertado con las ganas y eso le bastó.

Como a las doce se paró solo en el paradero. Pasó una micro, cerró los ojos, pero no pudo.
Con la segunda tampoco. Para la tercera se había sumado una escolar. La micro se detuvo sola, así es que lo interpretó como señal.
Baldomero levantó la guitarra y se subió con el corazón marcando el ritmo.
Cantó "El amor después del amor" de Fito y juntó 500.
Y en cada palabra entonada, él sabía que iba la fuerza para mantener la decisión que estaba tomando. Vivir de la música, costara lo que costara.