Amanecí respirando el otoño lentamente
con el pulso imperecedero de la sangre
y el oxígeno convertido en estrellas.

Del negro salí a la luz
abrazando con el cuerpo el rocío
la serena transparencia del agua.

En el velo inocente de la somnolencia
nombré los estados de la claridad
como artificios de sombras celestes.

Desperté fulgurando el frío del alba
desde el latido quieto de la pausa
con los ojos dilatados de belleza.